Embrionaria por lo demás era la esucación escolar en aquel pasado tiempo; la que se daba a la mujer se reducía a leer, a escribir y a rezar; la del hombre que no aspiraba ni a la iglesia ni a la toga, a leer con sonsonete, a escribir sin gramática y a saber de saltado la tabla de multiplicar (...).
Nuestras escuelas de hombres, donde concurríamos niñitos hasta los diecisiete años de edad, todos de chaqueta y mal traídos, no por falta de recursos, sino por sobrado desastrosos, a pesar del látigo y del mango del plumero manejados con bastante destreza por nuestros graves antecesores, se reducían a un largo salón partido de por medio por una mesa angosta que dividía a los educandos en dos bandas, para que pudiesen mejor disputarse la palma del saber. Uno de los costados de la mesa llevaba el nombre de Roma, el otro de Cartago; y un cuadro simbólico representando la cabeza de un borrico, de cuyo hocico colgaba un látigo y una palmeta, era por su mudable colocación el castigo del vencido o el premio del vencedor.
El profesor o dómine, quien, como todos los de su especie entonces, podía llamarse don Tremendo, ocupando en alto una de las cabeceras del salón, ostentaba sobre la mesa que tenía por delante, al lado de algunas muestras de escritura y de tal cual garabateado Catón, una morruda palmeta con su correspondiente látigo, verdaderos propulsores de la instrucción y del saber humano en una época en que se encontraba sumo chiste y mucha verdad al dicho brutal: la letra con sangre entra.
viernes, 28 de enero de 2011
domingo, 16 de enero de 2011
Comentario de Alicia Redondo Goicioechea
En los años sesenta, entre Primera memoria y La plaza del diamante, Doris Lessing había publicado en Inglaterra El cuaderno dorado, que supuso un gran aldabonazo en la narrativa de mujeres, pues destruía, tanto en el tema como en las formas literarias, las normas convencionales de la escritura clásica femenina. Su modelo de mujer, tan en conflicto como el de las autoras españolas pero sin sentimientos de culpa, añadía el elemento de la militancia política de izquierdas. En esta obra se acuñó la famosa frase "nada es personal", que primero fue asumida como consigna durante décadas por las mujeres de izquierdas, para luego ser transformada por el feminismo de finales del siglo XX con un giro sorprendente: "lo personal es político". Y es que éste es uno de los problemas cruciales de la vida y, muchas veces, de la escritura de las mujeres: las dificultades para compaginar un trabajo remunerado o una actividad político-social, con el inmenso trabajo de la maternidad poco valorado y nada remunerado y que, sin embargo, ocupa los mejores años de la vida de muchas mujeres.
jueves, 13 de enero de 2011
Poema de Lorca
Federico García Lorca observa con una ingenua sonrisa el paraíso perdido de la infancia a la salida de la escuela (esa infancia cuya sonrisa destroza los silencios) e inunda de ternura y alegría unas palabras años más tarde teñidas de sangre y de tragedia:
CANCIÓN PRIMAVERAL
Salen los niños alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
de abril canciones tiernas.
¡Qué alegría tiene el hondo
silencio de la calleja!
Un silencio hecho pedazos
por risas de plata nueva.
CANCIÓN PRIMAVERAL
Salen los niños alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
de abril canciones tiernas.
¡Qué alegría tiene el hondo
silencio de la calleja!
Un silencio hecho pedazos
por risas de plata nueva.
lunes, 10 de enero de 2011
Comentario de Max Aub (1971)
Los años de colegio en la literatura -al igual que esas olvidadas fotografías en blanco y negro a las que aludía Bernardo Atxaga y esos viejos cuadernos, esas gramáticas y esas enciclopedias escolares de nuestra infancia en las aulas_ esbozan un cierto ambiente, a medio camino entre la evocación nostálgica y el ajuste de cuentas, un retrato en sepia de aulas y de olor a tizas, una atmósfera infinita e inolvidable de algarabías y de silencios, de olor a amoníaco, lejía y orines, una poética escolar que nos habla con palabras cordiales o amargas de quienes fuimos y ya no somos, aunque lo que somos tenga bastante que ver con lo que fuimos en aquellos lejanos años del colegio. y es que, como señalara Max Aub desde el exilio, "uno es de donde estudió el bachillerato".
domingo, 9 de enero de 2011
Comentario de Esther Tusquets
A lo largo del siglo XX aumenta sin cesar el número de mujeres que escriben, y la profesión deja de considerarse impropia de nuestro sexo.Creo que en ningún otro campo estamos tan cerca de alcanzar la paridad con el varón. Hay muchas mujeres escritoras, algunas muy famosas, y algunas consiguen espectaculares éxitos de venta, e incluso de critica. El hecho de ser mujer no constituye un obstáculo para encontrar editor, y ninguna autora se avergüenza de haber escrito una buena novela o un buen poemario. En España contamos, entre otras, con novelistas tan excelentes como Rosa Chacel, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite.
¿Sigue viviendo, sin embargo, peligrosamente la mujer escritora? Reconoce el propio Bolmann que, si una alemanan o una americana decide hoy ser escritora independiente, vive peligrosamente, pero esta peligrosidad consiste en un problema de subsistencia y de una experiencia que podríamos llamar el abismo existencial de la escritura, mientras que, por el contrario, cuando una iraní o una paquistaní decide escribir, pone en peligro su cuerpo, su alma y su vida.
Ahora bien, es cierto que muchas escritoras europeas han conseguido fama, dinero y prestigio, pero esto no permite hablar todavía de igualdad. Como en muchas otras profesiones, las mujeres han invadido el campo, ocupan un lugar, un enorme lugar en los espacios medios, pero no alcanzan, en un mundo regido por hombres, los puestos más altos. Para comprobarlo, basta echar una ojeada a la lista de los premios Nobel, o al número de mujeres que figuran en la Academia Francesa o en nuestra Real Academia de la Lengua. A nivel oficial apenas existimos.
¿Sigue viviendo, sin embargo, peligrosamente la mujer escritora? Reconoce el propio Bolmann que, si una alemanan o una americana decide hoy ser escritora independiente, vive peligrosamente, pero esta peligrosidad consiste en un problema de subsistencia y de una experiencia que podríamos llamar el abismo existencial de la escritura, mientras que, por el contrario, cuando una iraní o una paquistaní decide escribir, pone en peligro su cuerpo, su alma y su vida.
Ahora bien, es cierto que muchas escritoras europeas han conseguido fama, dinero y prestigio, pero esto no permite hablar todavía de igualdad. Como en muchas otras profesiones, las mujeres han invadido el campo, ocupan un lugar, un enorme lugar en los espacios medios, pero no alcanzan, en un mundo regido por hombres, los puestos más altos. Para comprobarlo, basta echar una ojeada a la lista de los premios Nobel, o al número de mujeres que figuran en la Academia Francesa o en nuestra Real Academia de la Lengua. A nivel oficial apenas existimos.
sábado, 11 de diciembre de 2010
NUNCA SE SABE
“Guárdala en el baúl de arriba por si acaso, nunca se sabe…”, esto le decía mi abuela a mi madre mientras recogían y ordenaban una habitación, y mi madre subió una chaqueta de lana vieja, muy vieja que yo le había conocido desde siempre a mi abuela y que tenía varios agujeros, algunos en las mangas, en la parte delantera, también en la trasera.
Pasamos a otra habitación para realizar la misma tarea, y esta vez, me tocó a mí hacer varios viajes a los baúles, mi madre me enseñó a colocar las ropas en ellos y así se iban sucediendo unas encima de otras. Aquel día me sorprendió la capacidad de los baúles, yo los veía cerrados y pensaba que cabía poco.
Sacaban de los armarios y hacían montones: ropa de cama sin estrenar para lavar y volver a colocar, ropa para arreglar y ropa para tirar.
Mi madre llevaba el montón de ropa para lavar a su cesta, otro para la cesta de costura y, por último, cuando mi madre cogía el montón para tirar, se repetía el ritual y una vez más mi abuela decía: “No, guarda esa ropa en el baúl, por si acaso, nunca se sabe”.
Así, la frase “por si acaso, nunca se sabe” se instaló en mi mente y en mi vida de una manera natural y le encontraba sentido, de alguna manera.
A aquella casa sólo iba en verano y todo me llamaba la atención, tan distinta a la mía, tan antigua, misteriosa a su manera, así que cuando todo el mundo dormía la siesta, a veces, recorría aquellas partes de la casa que más curiosidad despertaban en mí.
Despacio, sin hacer apenas ruido, subía al desván de la casa y se abría todo un mundo: dos baúles colocados en la pared de la derecha según se subía de las escaleras, y muchos objetos en aquella parte del desván.
Cuando llegaba arriba me paraba en la entera de la puerta que no era puerta durante un buen rato y miraba todo, fascinada porque un mundo nuevo, diferente, íntimo aparecía ante mí, para disfrutarlo yo sola, poder observarlo todo sin que nadie me dijera que tenía que hacer esto o aquello. Se convertía en mi espacio, en mi tiempo, sentía paz, pero sobre todo, sentía que era un momento mío, era un rato de soledad muy añorado, a ello se añadía el secreto, pues nadie sabía que yo subía allí de vez en cuando, nadie habría entendido que iba a observar, a fascinarme con lo que allí se guardaba.
Siempre me parecía poco tiempo el que dedicaba a esto porque perdía mucho intentando no ser pillada, así que tenía que subir muy despacio las escaleras porque crujían, andar con mucho cuidado por el desván porque se oía abajo y abrir lentamente los baúles porque la tapa pesaba mucho para mí y hacían ruido.
Como el tiempo transcurría muy deprisa en el desván, durante el resto de la tarde siempre me quedaba una desazón por no haber aprovechado mejor el tiempo allá arriba, nunca supe ni sé durante cuánto tiempo me quedaba mirándolo todo, fascinada, en la entera de la puerta que no era puerta, y siempre me arrepentía de haberme entretenido en esa contemplación, pero una y otra vez repetía ese acto porque no podía hacer otra cosa, porque me subyugaba la colección de objetos acumulados a lo largo de años y años: un armario de juguete, que había sido de mi madre, y que a mí me gustaba mucho pero que sólo abrí una vez, un diábolo al que le faltaba un trozo de cuerda, un cubo rajado, una silla sin una pata y completamente roto el asiento, enciclopedias en las que estudiaron mi madre y sus hermanos y a las que les faltaban hojas, varios paraguas con las varillas rotas, zapatillas con agujeros, perchas rotas, y así muchas más cosas que se iban añadiendo cada año.
Todo esto lo miraba con detenimiento, porque me atraía y porque quería retrasar el momento de abrir los baúles, que aún me intrigaban más, creo que por el solo hecho de que estaban cerrados.
Pasado este primer momento de fascinación, abría un baúl y recibía invariablemente aquel olor inolvidable a alcanfor, que todo el mundo aborrecía y que yo encontraba como parte necesaria de aquella contemplación.
Siempre me ocurría lo mismo, no me atrevía a sacar la ropa, pensaba que se darían cuenta de que las cosas estaban cambiadas, así que me quedaba un rato oliendo el alcanfor y observaba cómo estaba colocado todo, perfectamente apilado: la chaqueta de lana vieja, muy vieja de mi abuela con sus puños comidos y los agujeros en la parte delantera y en las mangas, sus faldas de cuando era joven, un abrigo de lana de mi madre cuando tenía dieciocho años, sus vestidos de los años cincuenta, toquillas de lana de mi abuela rotas, dos chaquetas muy gastadas de mi abuelo, el vestido de novia de mi madre, pantalones de mi abuelo de joven, mis calcetines de perlé agujereados, mi abrigo azul que tanto había gustado, según cuenta mi madre, mi traje de comunión, y siempre que llegaba aquí tenía que dejarlo porque quedaba muy poco tiempo para que el resto de la familia se levantara de la siesta, así que recogía todo en el riguroso orden en que lo había encontrado, bajaba la tapa del baúl y la magia comenzaba a desaparecer, se imponía la realidad ya en el primer escalón, porque bajar no era lo mismo que subir.
Y ya empezaba el cosquilleo por no haber visto todo lo que había en el primer baúl y no haber abierto el segundo, de modo que me proponía cada vez que en la próxima ocasión tenía que llegar a verlo todo, pero nunca llegué a hacerlo.
Después en medio del bullicio de la casa, recordaba el tiempo vivido sola en ese otro mundo y la frase de mi abuela me venía a la cabeza: “Guárdalo por si acaso, nunca se sabe.”
Y a mí me parecía bien.
Inevitablemente empezaba a imaginarme situaciones en las que hubiera que usar todo aquello: que mi padre se quedara sin trabajo, que hubiera una guerra, que… nunca se sabe.
Sin embargo, las distintas imágenes iban y venían a mi cabeza: la silla sin pata, el diábolo roto, la chaqueta de lana vieja, muy vieja… y había algo que no encajaba, pero la frase acababa por imponerse en aquel ir y venir de ideas: “Nunca se sabe”.
El tiempo fue pasando, fui a la Universidad y conseguí una beca para hacer el doctorado en Londres, después de dudar mucho tiempo decidí aceptar un trabajo en aquella ciudad y allí viví durante diez años.
En todo este tiempo apenas recordé la frase, poco a poco fue abandonándome, al principio estaba más presente pero después cuando visitaba la casa familiar apenas echaba un vistazo hacia el desván, pero sin la consciencia de aquella frase, más bien como una costumbre adquirida.
Llegó un momento en el que decidí que debía volver a mi país, arreglé todo lo necesario y decidí cómo haría el viaje, una vez hecho esto, me sentí aliviada ya que lo que quedaba no me suponía tanto esfuerzo, tenía que embalar el ordenador, mis libros, mi ropa y algunos objetos personales y de decoración.
Contraté una empresa para hacer la mudanza y cuando llegué a casa, me puse a revisar armarios, cajones y me di cuenta que la frase nunca se había marchado, había vivido conmigo de la manera más natural.
Me encontré: pantalones de cuando tenía dieciocho años, que no me valían, zapatillas agujereadas, platos rotos, toallas desgastadas, jerseys de lana raquíticos , bolígrafos sin tinta, pinzas de la ropa rotas, calcetines con agujeros… entonces volvió aquella idea que me rondaba en la cabeza y que a los doce años no supe dar respuesta: por qué me subyugaba la acumulación de objetos inútiles, pensé en tirar todo aquello a la basura, no podía hacer aquella mudanza, todo el mundo pensaría que había perdido el juicio. Empecé a buscar bolsas de basura y a meter todas aquellas cosas en ellas, pero no podía, me entraba angustia, sentía ansiedad, lo dejaba para el día siguiente y tampoco lo lograba, los días pasaban y la fecha de la mudanza se acercaba, tenía que decidir, pero es que... nunca se sabe.
“Guárdala en el baúl de arriba por si acaso, nunca se sabe…”, esto le decía mi abuela a mi madre mientras recogían y ordenaban una habitación, y mi madre subió una chaqueta de lana vieja, muy vieja que yo le había conocido desde siempre a mi abuela y que tenía varios agujeros, algunos en las mangas, en la parte delantera, también en la trasera.
Pasamos a otra habitación para realizar la misma tarea, y esta vez, me tocó a mí hacer varios viajes a los baúles, mi madre me enseñó a colocar las ropas en ellos y así se iban sucediendo unas encima de otras. Aquel día me sorprendió la capacidad de los baúles, yo los veía cerrados y pensaba que cabía poco.
Sacaban de los armarios y hacían montones: ropa de cama sin estrenar para lavar y volver a colocar, ropa para arreglar y ropa para tirar.
Mi madre llevaba el montón de ropa para lavar a su cesta, otro para la cesta de costura y, por último, cuando mi madre cogía el montón para tirar, se repetía el ritual y una vez más mi abuela decía: “No, guarda esa ropa en el baúl, por si acaso, nunca se sabe”.
Así, la frase “por si acaso, nunca se sabe” se instaló en mi mente y en mi vida de una manera natural y le encontraba sentido, de alguna manera.
A aquella casa sólo iba en verano y todo me llamaba la atención, tan distinta a la mía, tan antigua, misteriosa a su manera, así que cuando todo el mundo dormía la siesta, a veces, recorría aquellas partes de la casa que más curiosidad despertaban en mí.
Despacio, sin hacer apenas ruido, subía al desván de la casa y se abría todo un mundo: dos baúles colocados en la pared de la derecha según se subía de las escaleras, y muchos objetos en aquella parte del desván.
Cuando llegaba arriba me paraba en la entera de la puerta que no era puerta durante un buen rato y miraba todo, fascinada porque un mundo nuevo, diferente, íntimo aparecía ante mí, para disfrutarlo yo sola, poder observarlo todo sin que nadie me dijera que tenía que hacer esto o aquello. Se convertía en mi espacio, en mi tiempo, sentía paz, pero sobre todo, sentía que era un momento mío, era un rato de soledad muy añorado, a ello se añadía el secreto, pues nadie sabía que yo subía allí de vez en cuando, nadie habría entendido que iba a observar, a fascinarme con lo que allí se guardaba.
Siempre me parecía poco tiempo el que dedicaba a esto porque perdía mucho intentando no ser pillada, así que tenía que subir muy despacio las escaleras porque crujían, andar con mucho cuidado por el desván porque se oía abajo y abrir lentamente los baúles porque la tapa pesaba mucho para mí y hacían ruido.
Como el tiempo transcurría muy deprisa en el desván, durante el resto de la tarde siempre me quedaba una desazón por no haber aprovechado mejor el tiempo allá arriba, nunca supe ni sé durante cuánto tiempo me quedaba mirándolo todo, fascinada, en la entera de la puerta que no era puerta, y siempre me arrepentía de haberme entretenido en esa contemplación, pero una y otra vez repetía ese acto porque no podía hacer otra cosa, porque me subyugaba la colección de objetos acumulados a lo largo de años y años: un armario de juguete, que había sido de mi madre, y que a mí me gustaba mucho pero que sólo abrí una vez, un diábolo al que le faltaba un trozo de cuerda, un cubo rajado, una silla sin una pata y completamente roto el asiento, enciclopedias en las que estudiaron mi madre y sus hermanos y a las que les faltaban hojas, varios paraguas con las varillas rotas, zapatillas con agujeros, perchas rotas, y así muchas más cosas que se iban añadiendo cada año.
Todo esto lo miraba con detenimiento, porque me atraía y porque quería retrasar el momento de abrir los baúles, que aún me intrigaban más, creo que por el solo hecho de que estaban cerrados.
Pasado este primer momento de fascinación, abría un baúl y recibía invariablemente aquel olor inolvidable a alcanfor, que todo el mundo aborrecía y que yo encontraba como parte necesaria de aquella contemplación.
Siempre me ocurría lo mismo, no me atrevía a sacar la ropa, pensaba que se darían cuenta de que las cosas estaban cambiadas, así que me quedaba un rato oliendo el alcanfor y observaba cómo estaba colocado todo, perfectamente apilado: la chaqueta de lana vieja, muy vieja de mi abuela con sus puños comidos y los agujeros en la parte delantera y en las mangas, sus faldas de cuando era joven, un abrigo de lana de mi madre cuando tenía dieciocho años, sus vestidos de los años cincuenta, toquillas de lana de mi abuela rotas, dos chaquetas muy gastadas de mi abuelo, el vestido de novia de mi madre, pantalones de mi abuelo de joven, mis calcetines de perlé agujereados, mi abrigo azul que tanto había gustado, según cuenta mi madre, mi traje de comunión, y siempre que llegaba aquí tenía que dejarlo porque quedaba muy poco tiempo para que el resto de la familia se levantara de la siesta, así que recogía todo en el riguroso orden en que lo había encontrado, bajaba la tapa del baúl y la magia comenzaba a desaparecer, se imponía la realidad ya en el primer escalón, porque bajar no era lo mismo que subir.
Y ya empezaba el cosquilleo por no haber visto todo lo que había en el primer baúl y no haber abierto el segundo, de modo que me proponía cada vez que en la próxima ocasión tenía que llegar a verlo todo, pero nunca llegué a hacerlo.
Después en medio del bullicio de la casa, recordaba el tiempo vivido sola en ese otro mundo y la frase de mi abuela me venía a la cabeza: “Guárdalo por si acaso, nunca se sabe.”
Y a mí me parecía bien.
Inevitablemente empezaba a imaginarme situaciones en las que hubiera que usar todo aquello: que mi padre se quedara sin trabajo, que hubiera una guerra, que… nunca se sabe.
Sin embargo, las distintas imágenes iban y venían a mi cabeza: la silla sin pata, el diábolo roto, la chaqueta de lana vieja, muy vieja… y había algo que no encajaba, pero la frase acababa por imponerse en aquel ir y venir de ideas: “Nunca se sabe”.
El tiempo fue pasando, fui a la Universidad y conseguí una beca para hacer el doctorado en Londres, después de dudar mucho tiempo decidí aceptar un trabajo en aquella ciudad y allí viví durante diez años.
En todo este tiempo apenas recordé la frase, poco a poco fue abandonándome, al principio estaba más presente pero después cuando visitaba la casa familiar apenas echaba un vistazo hacia el desván, pero sin la consciencia de aquella frase, más bien como una costumbre adquirida.
Llegó un momento en el que decidí que debía volver a mi país, arreglé todo lo necesario y decidí cómo haría el viaje, una vez hecho esto, me sentí aliviada ya que lo que quedaba no me suponía tanto esfuerzo, tenía que embalar el ordenador, mis libros, mi ropa y algunos objetos personales y de decoración.
Contraté una empresa para hacer la mudanza y cuando llegué a casa, me puse a revisar armarios, cajones y me di cuenta que la frase nunca se había marchado, había vivido conmigo de la manera más natural.
Me encontré: pantalones de cuando tenía dieciocho años, que no me valían, zapatillas agujereadas, platos rotos, toallas desgastadas, jerseys de lana raquíticos , bolígrafos sin tinta, pinzas de la ropa rotas, calcetines con agujeros… entonces volvió aquella idea que me rondaba en la cabeza y que a los doce años no supe dar respuesta: por qué me subyugaba la acumulación de objetos inútiles, pensé en tirar todo aquello a la basura, no podía hacer aquella mudanza, todo el mundo pensaría que había perdido el juicio. Empecé a buscar bolsas de basura y a meter todas aquellas cosas en ellas, pero no podía, me entraba angustia, sentía ansiedad, lo dejaba para el día siguiente y tampoco lo lograba, los días pasaban y la fecha de la mudanza se acercaba, tenía que decidir, pero es que... nunca se sabe.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Los paisajes de la memoria
Cita de Agustín Fernández Paz:
Aunque cuando escribo abordo los temas que me interesan o me preocupan, aunque constuyo mis historias con materiales tomados de lo que pasa a mi alrededor, no puedo olvidar que todos los hilos con los que acabo componiendo mis relatos tienen su origen en mi infancia. En los cuentos que escuché, en los libros y tebeos que leí, en las películas que vi en unas salas de cine que ya no existen, en los juegos de las tardes de invierno y en todas las aventuras de aquellos veranos luminosos y eternos. Todo está allí, en los paisajes encerrados en mi memoria.
Aunque cuando escribo abordo los temas que me interesan o me preocupan, aunque constuyo mis historias con materiales tomados de lo que pasa a mi alrededor, no puedo olvidar que todos los hilos con los que acabo componiendo mis relatos tienen su origen en mi infancia. En los cuentos que escuché, en los libros y tebeos que leí, en las películas que vi en unas salas de cine que ya no existen, en los juegos de las tardes de invierno y en todas las aventuras de aquellos veranos luminosos y eternos. Todo está allí, en los paisajes encerrados en mi memoria.
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